Quisiera
poder acabar con estas ganas de marchar que durante periodos indefinidos se
adentran en mi interior. Ganas de escoger un punto cardinal al azar, y echar a
correr sin avisar de que te vas, sin dejar constancia de tu regreso.
Dejar atrás
esos días turbulentos que a su paso entregan acongojados silencios, de esos que
calan hondo en tu pecho y presionan tus pulmones, que suplican bocanadas de aire
fresco; y tú los acallas con dos caladas de espeso humo negro. Instantes en que las palabras no afloran por tu
garganta, por miedo, tristeza, rabia…o porque simplemente no tienes ganas de
hablar, porque crees que no es necesario decir nada, nada que valga la pena ser
escuchado.
Aquello que tanto abruma, pesa demasiado, y demasiado es soltarlo, aunque
a cada esquina, tu mirada pida poder expulsar a ese pequeño parásito, bicho,
monstruo... que cual invitado non grato atenta contra tu cerebro, ocupando, sin permiso, cada pensamiento. Roba y roba tu tiempo. Tiempo que se esfuma, malgastado, entre los pliegues de un pañuelo usado que voltea en la palma de tu mano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario